«Chile ha avanzado en la protección legal de los humedales, especialmente los urbanos. Sin embargo, aún persiste una mirada fragmentada que muchas veces enfrenta desarrollo económico y conservación ambiental como si fueran objetivos incompatibles. La evidencia demuestra exactamente lo contrario: proteger los ecosistemas que nos protegen es una de las inversiones públicas y privadas más rentables que podemos realizar».
Las intensas lluvias que han afectado una gran parte de Chile durante las últimas semanas han vuelto a poner a prueba nuestra capacidad para enfrentar eventos climáticos extremos y recordarnos el costo de la inacción. Calles anegadas, carreteras colapsadas, viviendas inundadas, interrupciones en la conectividad y suministro eléctrico están generando cuantiosas pérdidas económicas, en sectores claves para nuestra economía como la minería, la agricultura y la infraestructura y han sido parte de un escenario que, lejos de ser excepcional, será cada vez más común en un contexto de cambio climático al cual debemos estar muy atentos.
En medio de este debate suele hablarse de más colectores de aguas lluvias, nuevos canales o mayores inversiones en infraestructura gris. Sin embargo, existe una infraestructura mucho más antigua, eficiente y económica que durante décadas hemos degradado o simplemente ignorado: los humedales.
Los humedales constituyen una de las soluciones basadas en la naturaleza más eficaces para aumentar la resiliencia de los territorios. Funcionan como verdaderas esponjas naturales capaces de absorber, almacenar y liberar gradualmente grandes volúmenes de agua durante episodios de precipitaciones intensas, como ha quedado demostrado estas últimas semanas. Gracias a esta capacidad, reducen la velocidad de las escorrentías, disminuyen el riesgo de inundaciones y protegen tanto a las personas como a la infraestructura, solo por nombrar alguno de sus beneficios.
Lo ocurrido en Chile durante las recientes lluvias confirma una realidad ampliamente respaldada por la ciencia: donde los humedales mantienen su funcionamiento ecológico, los impactos de las crecidas suelen ser menores. Allí donde fueron rellenados, canalizados o urbanizados sin considerar su función natural y mirando un beneficio a corto plazo, los costos económicos y sociales de las inundaciones aumentan significativamente.
Los humedales también generan un enorme valor económico. Reducen costos asociados a desastres naturales, disminuyen la necesidad de construir costosas obras de mitigación, contribuyen a la recarga de acuíferos, mejoran la calidad del agua y capturan carbono. Son, en definitiva, activos naturales que entregan servicios ecosistémicos esenciales para el funcionamiento de la economía.
Desconocer este aporte equivale a no comprender cómo funciona una economía moderna que debe incorporar el capital natural dentro de sus decisiones de desarrollo. Las naciones que lideran la transición hacia economías más sostenibles ya no consideran a la naturaleza como una restricción para el crecimiento, sino como una inversión estratégica que genera resiliencia, competitividad y bienestar.
Chile ha avanzado en la protección legal de los humedales, especialmente los urbanos. Sin embargo, aún persiste una mirada fragmentada que muchas veces enfrenta desarrollo económico y conservación ambiental como si fueran objetivos incompatibles. La evidencia demuestra exactamente lo contrario: proteger los ecosistemas que nos protegen es una de las inversiones públicas y privadas más rentables que podemos realizar.
Las soluciones basadas en la naturaleza no reemplazan completamente a la infraestructura tradicional, pero sí la complementan y, en muchos casos, la hacen más eficiente. Ignorarlas significa seguir enfrentando los efectos del cambio climático con herramientas incompletas y asumir costos crecientes que finalmente terminan pagando las comunidades.
Las lluvias de estas semanas dejan una enseñanza que no deberíamos olvidar cuando vuelva el buen tiempo. Cada humedal destruido y/o alternado representa una barrera natural menos frente a futuras inundaciones. Cada humedal conservado es una inversión en seguridad, resiliencia y desarrollo sostenible.
La verdadera pregunta ya no es cuánto cuesta proteger los humedales. La experiencia reciente demuestra que el costo de no hacerlo es mucho mayor.