Opinión: “Revolución circular que no estamos mirando” por Donatella Fuccaro Tellechea, Consultora en Economía Circular y Directora de Proyectos del Fondo de Agua Santiago

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  • Fuente: País Circular

“Para que estas soluciones sean sostenibles a lo largo del tiempo, la reutilización de aguas regeneradas debe estar vinculada a un sistema de planificación y gestión integrada de recursos hídricos considerando todas las fuentes y demandas, con el objetivo de cubrir las necesidades generando el menor impacto económico, ambiental y social”.

La economía circular busca preservar el valor de los productos, materiales y recursos en circulación durante el mayor tiempo posible mientras contribuye a minimizar los residuos y otras formas de pérdida. Significa transitar del modelo lineal (extraer para producir, usar y desechar) al modelo circular, basado en el cierre de ciclos de productos, servicios, materiales, residuos, así como agua y energía.

La Fundación Ellen MacArthur es un contribuyente clave en la promoción y articulación de este marco, particularmente desde la publicación en 2012 de Hacia una Economía Circular: Razonamiento Económico y Empresarial para una Transición Acelerada.

De hecho, esta idea de una economía circular es compleja; más que un “círculo” único, la economía circular se comprende mejor como varios círculos y subciclos, con distintos niveles de acción y responsabilidad (industrial, municipal, comunitario y ciudadano). Cuanto más “corto” sea el ciclo —por ejemplo, reparar, reutilizar, rediseñar—, mayores serán probablemente los ahorros en el uso de recursos y valor.

La economía circular suele asociarse a la gestión de residuos; no es solo eso. Hablar de circularidad implica un enfoque territorial: entender realmente los flujos de los recursos, los actores que los organizan y las condiciones locales que permiten (o impiden) el cierre de ciclos. Y esto hace que el tema sea más complejo, ya que integrar siempre es más difícil que limitar; también es lo que ayuda a crear cambios más profundos y duraderos.

Hoy en día debemos seguir abordando el agua y su inclusión en la economía circular, analizando y actuando con la mirada en la gestión circular del agua, eficiente y sostenible, abordando tanto factores cuantitativos (disponibilidad, seguridad hídrica, eficiencia) como cualitativos (calidad, protección de ecosistemas, reducción de la contaminación).

En el “ciclo natural del agua”, el que aprendimos en la sala de clases, el sistema se “cierra” constantemente: el agua se evapora de océanos y mares, cae como lluvia y luego regresa a ríos, lagos y acuíferos. Pero ese “ciclo de cierre” incluye infraestructura natural que tendemos a no recordar. En ese ciclo, los glaciares son reservas de agua silenciosas, pero crucialmente importantes. Y las Soluciones Basadas en la Naturaleza —humedales, riberas, bosques nativos, suelos y recarga de acuíferos— desempeñan el papel de infraestructura de la naturaleza que retiene, infiltra y purifica el agua, aumentando su resiliencia. La circularidad también abarca el cuidado y “mantenimiento operativo” de la infraestructura que es natural.

La circularidad urbana se articula notablemente en la regeneración y reutilización de aguas residuales, lo que puede disminuir el consumo de agua potable neta mediante la sustitución con agua regenerada en usos asociados; por ejemplo: riego agrícola, parques y jardines, limpieza de calles y espacios públicos, fines industriales no potables, entre otros.

Con respecto a la industria, se promueve la circularidad del agua cuando el agua reciclada generada a partir de efluentes se reutiliza en procesos de producción, reduciendo así los impactos ambientales y las implicaciones de costos, y también reutilizando recursos encontrados en efluentes industriales y municipales (por ejemplo, nutrientes u otros materiales útiles).

La circularidad también alcanza a los subproductos del tratamiento: los fangos o lodos, tras un tratamiento adecuado, pueden valorizarse para fines agrícolas o para la restauración de suelos degradados, cerrando ciclos de materia orgánica y nutrientes.

Para que estas soluciones sean sostenibles a lo largo del tiempo, la reutilización de aguas regeneradas debe estar vinculada a un sistema de planificación y gestión integrada de recursos hídricos considerando todas las fuentes y demandas, con el objetivo de cubrir las necesidades generando el menor impacto económico, ambiental y social.

En este contexto, la economía circular ofrece una oportunidad clave: reconocer y capturar el valor total del agua, no solo como un recurso que se consume, sino como un servicio, un insumo para procesos, una fuente de energía (por ejemplo, biogás, recuperación de energía), un portador de nutrientes y recursos recuperables.

Así que la circularidad no es simplemente “tratar y descargar”: es gestionar el agua como un flujo de valor, minimizando consumo y pérdidas a escala territorial y maximizando beneficios.

Definiciones

En Chile, “aguas residuales” es el concepto general: agua cuya calidad se degradó por el uso (doméstico, industrial, comercial, etc.) y que por eso contiene contaminantes y requiere conducción/tratamiento antes de descargarse o reutilizarse.

Aguas regeneradas: término usado para referirse a aguas residuales tratadas (a menudo con tratamiento terciario/avanzado) para usos compatibles; en Chile aparece de forma relevante en discusión legislativa y documentos sectoriales, sin una definición única transversal equivalente a la de “aguas grises” en DS 40/2024.

Reutilización / reúso: en Chile, la “reutilización” está regulada explícitamente para aguas grises (DS 40/2024); “reúso” se usa de manera amplia para usos planificados de aguas tratadas, pero su alcance puede variar según el instrumento aplicable.