Santiago frente al cambio climático: cómo se prepara la ciudad para el nuevo escenario

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  • Fuente: Esghoy

Calles anegadas, alcantarillados colapsados y autopistas cerradas por acumulación de agua. Esa suele ser la imagen de cada temporal en Santiago. El último, en julio, fue particularmente intenso: más de 100 milímetros de lluvia cayeron en pocos días sobre una ciudad que históricamente no ha estado diseñada para enfrentar precipitaciones tan concentradas.

Santiago, sin embargo, no partió de cero. Desde 2004 desarrolla un plan maestro de obras hidráulicas que aprovechó la construcción de autopistas concesionadas, como el anillo Américo Vespucio, para incorporar colectores interceptores en los sectores norte y sur. A ello se suman las piscinas de mitigación de aluviones en la quebrada de Macul, los parques inundables Víctor Jara y Hondonada, el colector interceptor del Mapocho y las piscinas de reserva de Pirque.

Pablo Allard, decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad del Desarrollo, resume el resultado de esas inversiones: «Han permitido no solo evitar el daño de inundaciones o aluviones, sino además entregar áreas verdes que durante el resto del año mejoran la calidad de vida y ambiental de los cauces urbanos».

El dato duro lo pone Juan Eduardo Saldivia, abogado y ex superintendente de Servicios Sanitarios: Santiago cuenta hoy con infraestructura para resistir 37 horas sin producir agua potable frente a eventos de turbiedad extrema en el río Maipo, muy por sobre las 8 o 9 horas que alcanza la mayoría de las ciudades del país. Para él, ese margen no es azar: «Santiago decidió, alguien lo hizo, que el umbral fuera 37 horas, y aquello tiene un correlato tarifario. En otras ciudades no ha habido quien tome la decisión destinada a mejorar el estándar de seguridad».

La cifra refleja una transformación relevante en la capacidad de respuesta de la Región Metropolitana. Hasta hace algunos años, la autonomía del sistema alcanzaba apenas cuatro horas ante eventos de alta turbiedad. Ese estándar aumentó progresivamente con la entrada en operación de los Megaestanques de Pirque en 2020 y de los pozos de Cerro Negro-Lo Mena en 2022, infraestructura que permitió elevar la resiliencia hídrica de Santiago hasta las actuales 37 horas.

Para Cristián Schwerter, director de Planificación, Ingeniería y Construcción de Aguas Andinas, el desafío actual va mucho más allá de responder a una sola amenaza. «No basta con prepararse para un solo escenario, debemos trabajar con mirada de futuro, desarrollando e implementando soluciones que potencien la adaptación y resiliencia de una ciudad que sigue creciendo», afirma.

Explica que la paradoja es que la ciudad debe prepararse simultáneamente para lluvias cada vez más intensas y para una sequía prolongada que en la Región Metropolitana supera los catorce años. El ejecutivo destaca además que la autonomía actual podría ampliarse hasta 96 horas con el proyecto Captación y Conducción Alternativa del Maipo, incluido en la estrategia Biociudad, hoja de ruta de la compañía hacia 2035.

Donde el sistema todavía falla

¿El problema? La inversión no llegó pareja a toda la ciudad. En julio, en Quilicura, el alcantarillado colapsó en el sector de Lo Echevers por la inexistencia de un colector de aguas lluvias, anegando la zona y obligando a cortar la caletera de Américo Vespucio hasta Lo Boza. No era la primera vez: el mismo punto ya se había inundado en 2024. Para la comuna, se trata de un punto crítico conocido y recurrente, aún sin una solución estructural visible.

En Estación Central el problema es más institucional que físico. Las redes primarias de colectores dependen del Ministerio de Obras Públicas, a través de la Dirección de Obras Hidráulicas, mientras que las secundarias son responsabilidad del SERVIU.

Alberto Texido, arquitecto, académico de la Universidad de Chile y consejero del Consejo de Políticas de Infraestructura (CPI), identifica justamente ahí uno de los principales nudos: la fragmentación con que el Estado enfrenta un desafío que exige una mirada integrada. «Cambio climático, agua, energía, transporte, ciudades y logística están cada vez más interrelacionados, y la resiliencia obliga precisamente a superar esa fragmentación».

Desde la mirada sanitaria, el principal desafío aparece precisamente en la interacción entre ambas infraestructuras. Schwerter explica que la red de alcantarillado, que se extiende por más de 11 mil kilómetros, solo está diseñada para transportar aguas servidas, mientras que la recolección y conducción de aguas lluvias corresponde a la gestión del MOP y SERVIU.

«Cuando esa red de aguas lluvias no existe o resulta insuficiente frente a eventos extremos, el agua termina buscando salida por el alcantarillado sanitario, generando rebases», señala. Durante los temporales de julio, agrega, algunos sectores de la red de aguas servidas recibieron caudales para los cuales simplemente no fueron diseñados.

La observación conecta con una realidad cada vez más visible: lluvias más intensas en periodos más cortos. En palabras de Schwerter de Aguas Andinas, la resiliencia climática de Santiago «no depende de un solo actor», sino de la capacidad de coordinar soluciones entre instituciones públicas y privadas enmarcadas en una mirada de largo plazo y convocando a todos los actores posibles.

Detrás de estos casos hay una cifra que explica la magnitud del desafío. La Cámara Chilena de la Construcción calcula un déficit acumulado en colectores de aguas lluvias superior a US$4.100 millones, una brecha que el propio Estado proyectó con un horizonte de ejecución de 30 años. De ese monto, hasta ahora solo se han desembolsado cerca de US$900 millones.

Saldivia agrega un matiz técnico que rara vez aparece en la discusión pública. Aunque el sector sanitario no es responsable de evacuar aguas lluvias, sí puede aportar conocimiento y capacidad operacional para gestionar mejor los eventos extremos. «El sector sanitario no es responsable hoy de la evacuación y drenaje de las aguas lluvias, pero como administrador de las redes de alcantarillado puede contribuir de manera muy importante a la gestión de eventos de tormenta».

Pero los especialistas advierten que el desafío de fondo va más allá de la operación de las redes sanitarias. La infraestructura de aguas lluvias es una responsabilidad del Estado y requiere planificación de largo plazo, financiamiento y ejecución de obras capaces de responder a una realidad climática cada vez más exigente. Sin colectores suficientes, el agua seguirá buscando salida por sistemas que no fueron diseñados para recibirla.

La ley existe, pero falta financiamiento

Saldivia es directo respecto al origen del problema. La Ley de Aguas Lluvias de 1996 obliga a las ciudades de más de 50.000 habitantes a contar con planes maestros de evacuación y drenaje. El problema, sostiene, no es la planificación sino la ejecución. «Los planes están hechos, pero no hay recursos para ejecutar las obras que ellos contemplan».

Su diagnóstico es categórico: «Ya en los años 2000 sabíamos que, si era el Estado quien tuviera que enfrentar las inversiones para la conducción y drenaje de las aguas lluvias, al ritmo de inversión que puede hacer el Estado, nos demoraríamos 100 años».

Texido coincide en la urgencia, aunque desde una lógica económica. «Planificar e invertir preventivamente puede resultar del orden de siete veces menos costoso que enfrentar la reconstrucción posterior a un desastre».

El académico destaca además el convenio firmado por el MOP, el Gobierno de Santiago y el SERVIU para acelerar obras de aguas lluvias en diez comunas metropolitanas. Lo considera una señal positiva, aunque insuficiente frente a la magnitud de la brecha existente.

Desde el sector sanitario sostienen que la adaptación requerirá una cartera diversa de soluciones. Aguas Andinas desarrolla actualmente el plan Biociudad, una estrategia que contempla inversiones cercanas a US$1.000 millones hacia 2035 para aumentar la resiliencia de Santiago frente al cambio climático.

La iniciativa incorpora proyectos de resiliencia, nuevas fuentes de abastecimiento, eficiencia hídrica, mayor aprovechamiento de aguas subterráneas y soluciones basadas en la naturaleza. Entre ellos destaca Retorno Maipo, un proyecto de reúso de aguas tratadas que busca aportar equilibrio a la cuenca frente a escenarios de sequía extrema.

«No existe una bala de plata para enfrentar la vulnerabilidad climática», plantea Schwerter. «Es necesario desarrollar una batería de obras y proyectos de distinta naturaleza para asegurar el abastecimiento de agua de cara a las próximas décadas», añade.

La otra crisis: la que no se ve en los planos hidráulicos

Sobre cuál es la decisión más urgente que Santiago está postergando, Allard amplía el foco de la discusión y apunta a una dimensión menos visible. «La principal crisis que vive Santiago no es natural sino social», asegura, aludiendo al déficit habitacional, la segregación urbana y las largas distancias que miles de familias enfrentan diariamente para acceder a servicios y oportunidades.

Para el arquitecto, parte de la respuesta pasa por recuperar terrenos eriazos y espacios públicos degradados, incorporando más áreas verdes y equipamiento urbano en sectores históricamente rezagados. La resiliencia climática, sostiene, no se juega únicamente en la infraestructura hidráulica, sino también en cómo se distribuyen las oportunidades dentro de la ciudad.

Hacia la ciudad esponja

La discusión ya no parece centrarse únicamente en cuánto llueve, sino en cómo una ciudad se prepara simultáneamente para las inundaciones y la escasez hídrica. La resiliencia climática exige responder a ambos fenómenos a la vez: contener el exceso de agua cuando llega de forma abrupta y asegurar disponibilidad cuando vuelve la sequía.

Para el corto plazo, Allard plantea completar la red de colectores en comunas del sur poniente y avanzar hacia una lógica de «ciudad esponja». «Mientras más agua absorbamos donde cae, menos agua corre por las calles contaminándose, colmatando sumideros y saturando los sistemas aguas abajo».

Texido propone avanzar en la misma dirección mediante parques inundables, humedales urbanos y corredores verdes que trabajen con los ciclos naturales en lugar de intentar contenerlos únicamente con infraestructura gris. Además, plantea inversiones multipropósito capaces de resolver simultáneamente desafíos de conectividad, adaptación climática, espacio público, energía y gestión del agua.

Como resume Allard, los desastres no son un fenómeno puramente natural. Son también el resultado del encuentro entre eventos extremos y las decisiones que una ciudad toma, o posterga, respecto de su territorio.