La mejora en la calidad de las aguas ha permitido observar nuevamente especies de fauna que dependen de condiciones ambientales más saludables para sobrevivir.
Cada 5 de junio, en el Día Mundial del Medio Ambiente, solemos reflexionar sobre los grandes desafíos ambientales que enfrentamos como sociedad. Sin embargo, muchas veces esas discusiones parecen lejanas o abstractas, cuando la realidad es que los desafíos ambientales tienen una expresión concreta en los territorios que habitamos y en los ecosistemas que sostienen nuestra vida cotidiana.
En nuestra región uno de esos ejemplos es la cuenca del río Maipo con sus dos ríos principales: el Mapocho y el Maipo. Estos ríos están presentes en la agricultura del valle, en los ecosistemas cordilleranos, en la biodiversidad que habita en sus subcuencas, en múltiples actividades productivas y en gran parte de la vida diaria de quienes vivimos en la Región Metropolitana.
El río Maipo y sus afluentes conforman una red viva que conecta la cordillera con los valles, las zonas rurales con las urbanas y los ecosistemas con las personas. Es una cuenca que abastece a millones de habitantes, permite el desarrollo de actividades económicas y sostiene espacios naturales que funcionan como refugio, corredor biológico y fuente de servicios ecosistémicos esenciales para la región.
Quizás una de las mejores formas de entender la importancia de proteger esta cuenca es mirar lo que ocurrió con el río Mapocho: durante décadas, el principal afluente del Maipo fue sinónimo de contaminación. Miles de litros de aguas servidas eran descargados diariamente a su cauce, afectando la calidad del agua y degradando uno de los ecosistemas más emblemáticos de Santiago. Para muchos santiaguinos, el Mapocho era simplemente un río contaminado que atravesaba la ciudad.
Sin embargo, esa realidad comenzó a cambiar gracias a una decisión pública de largo plazo, a la construcción de infraestructura sanitaria y el avance progresivo en el tratamiento de aguas servidas que permitieron revertir una situación que parecía normalizada. El año 2010, gracias al proyecto Mapocho Urbano Limpio de Aguas Andinas, se logró eliminar las últimas descargas directas de aguas servidas al río, completando el saneamiento de las aguas residuales de Santiago.
Dieciséis años después, los resultados son evidentes. Lo que antes era un símbolo de contaminación hoy es también un ejemplo de recuperación ambiental y de cómo las políticas públicas pueden generar cambios concretos cuando existe una visión de largo plazo.
Pero quizás el cambio más importante no se observa desde la ciudad, sino desde el propio ecosistema. La mejora en la calidad de las aguas ha permitido observar nuevamente especies de fauna que dependen de condiciones ambientales más saludables para sobrevivir. Aves, peces y otros organismos han vuelto a ocupar espacios en los que hace algunas décadas parecía imposible imaginar vida silvestre. Su presencia constituye una señal concreta de que la recuperación ambiental es posible cuando existe una visión de largo plazo y políticas públicas consistentes.
Sin embargo, la principal lección que deja el caso del Mapocho no es solo que los ecosistemas pueden recuperarse. También nos demuestra la importancia de actuar a tiempo. Porque si bien la recuperación ambiental es posible, suele requerir décadas de esfuerzo, inversión y coordinación. Por eso resulta tan relevante contar con herramientas que permitan anticiparse a los problemas antes de que el deterioro sea más difícil y costoso de revertir.
En ese contexto, el proceso de elaboración del anteproyecto del Plan de Prevención y Descontaminación Hídrica (PPDH) de la cuenca del río Maipo adquiere una importancia especial.
La calidad del agua en la cuenca del Maipo es un asunto estratégico para la Región Metropolitana y para el país. No solo está vinculada al abastecimiento hídrico de millones de personas, sino que también a la conservación de ecosistemas acuáticos que sostienen biodiversidad nativa, funciones ecológicas y múltiples servicios ecosistémicos.
El anteproyecto del PPDH busca construir una propuesta de medidas orientadas a prevenir nuevos deterioros y avanzar gradualmente en la recuperación de la calidad de las aguas en aquellos sectores donde se han identificado presiones ambientales relevantes. Se trata de un proceso que combina evidencia científica, análisis técnico y participación de distintos actores del territorio.
Su elaboración se sustenta en la información generada por la Norma Secundaria de Calidad Ambiental de la cuenca del río Maipo, instrumento que permite evaluar el estado de las aguas, identificar parámetros críticos y reconocer aquellos sectores donde es necesario concentrar los esfuerzos de gestión.
Contar con esa información es fundamental, pero no suficiente. El verdadero reto consiste en transformarla en decisiones y acciones concretas. Precisamente ahí radica la relevancia de este proceso: en la posibilidad de construir una hoja de ruta que permita orientar futuras acciones para proteger la calidad de las aguas, resguardar la biodiversidad y fortalecer la gestión ambiental de una cuenca de la que dependen millones de personas.
La experiencia del río Mapocho demuestra que las transformaciones ambientales son posibles. El desafío ahora es aplicar esa misma lógica al conjunto de la cuenca del Maipo: actuar con anticipación, basados en evidencia y con una visión de largo plazo que permita proteger uno de los patrimonios naturales más importantes de la Región Metropolitana.